Cuento de Navidad

Nerea escuchó un ruido en la cocina, estaba muy entusiasmada porque era su primer día de vacaciones y quería aprovechar los días al máximo. Encima la profesora había sido buena y no había mandado muchos deberes, sólo una redacción bajo la pregunta “¿Qué es para ti la navidad?”, que a Nerea le parecía facilísimo contestar, así que eso significaba un montón de días libres para jugar y divertirse. Cuando bajó, encontró a su madre con los pelos enmarañados, la legaña en el ojo y ojeras gigantes.

– ¿Ya estás despierta mamá? ¡Qué bien! ¿Cuándo nos vamos a ver el cortilandia?

– Tengo mucho que hacer, vuelve a la cama que es muy pronto.

– Pero no tengo sueño.

– ¿Quieres desayunar?

– No tengo hambre.

– Pues vete a la habitación a hacer lo que sea, mamá está ocupada.

– ¿Y qué haces?

– Cocinar

– ¿Vamos a comer todo eso?–preguntó la niña con los ojos como platos.

– No, es para hoy, mañana y pasado. Así mañana puedo dedicarme por entero a cocinar la cena de nochebuena sin preocuparme por más comidas.

Esto a Nerea no le gustó mucho, no veía mucho tiempo libre para jugar con tan apretada agenda.

– ¿Y cuándo podremos salir a dar una vuelta?

– Cuando termine.

– ¿Es como los deberes de clase? ¿que hasta que no los termino no puedo salir?

– Exactamente.

Nerea se fue algo triste a su habitación. No sabía que su madre tenía una seño que le mandara deberes. Ya podían ponerse de acuerdo todas las profesoras del mundo, para mandar o no mandar deberes a todos por igual. Pero había aprendido algo nuevo que poner en su redacción, la Navidad era una época para jugar y también para cocinar mucho.

Cuando se levantó su padre, volvió a crecer la esperanza de que la llevara a cortilandia, y esta vez si se cumplió. Aunque le apenaba ver cómo su madre se quedaba en casa haciendo los deberes.

Una vez allí comprendió que no era la única que quería ver el cortilandia. Estaba lleno de gente, tanta que se llevó un montón de empujones y pisotones. Tenía miedo de perderse ante ese río de gente, así que se agarró del brazo de su padre como si fuera una roca, y no asomó la cabeza hasta que el padre le anunció que ya habían llegado.

Ella tenía una fé ciega en su padre, y si él decía que estaban allí, es que estaban allí. Pero ella no veía más que cabezas por todos lados. Por suerte, su padre la cogió en brazos y pudo ver algo mejor. Pero con tanta gente, había perdido mucho encanto aquel momento.

Cuando terminó, su padre le dijo que tenían que ir a comprar, que necesitaban más comida para mañana. A Nerea le dolía la tripa sólo de pensar en la cantidad de comida que había visto esa misma mañana en la cocina, como para encima añadirle más. “La gente tiene mucha hambre en Navidad” pensaba sin salir de su asombro.

A parte de la comida, compraron unos juguetes. Porque Papá Noel tenía mucho trabajo y les había pedido ayuda. Pensó que si Papá Noel tenía que comprar tantos regalos como comida estaba preparando su madre, necesitaba toda la ayuda del mundo. Así que no le importó ayudar, aunque ya le dolían las piernas de tanto andar.

Su padre, Pedro, tenía aspecto preocupado cuando tuvo que pagar y habló con la cajera algo de una cuesta de Enero.

– ¡No sabía que eras Alpinista!–saltó de alegría la niña cuando habían llegado al coche.– Yo también quiero subir contigo la cuesta.

– Jajajaja ¿qué cuesta hija?

– Una que hay en Enero, se lo has dicho a la cajera antes.

– Jajajajajajaja No cariño, eso es que ahora en Navidad hay muchos gastos, y eso va a hacer que Enero nos sea más difícil.

– Normal…como os entra tanta hambre.

El padre no podía parar de reír, pero ella estaba realmente preocupada por esas hambres que tanto tiempo y dinero se llevaban. Menos mal que era una vez al año…aunque quién sabe si se podía convertir en una enfermedad y poco a poco se volvían glotones. En el cole le habían dicho que en EE.UU la gente estaba muy gorda y con muchos problemas de salud, y que si no comíamos más verduras acabaríamos igual. Pero a lo mejor era porque allí siempre era Navidad. De repente aquel ejercicio que la profesora le había mandado se le empezaba a volver difícil…ya sabía ella que era demasiado bonito para ser verdad.

Cuando llegaron, su madre seguía cocinando, y su padre se puso manos a la obra también. Ella pensaba en las veces que sus padres le habían ayudado con los deberes, así que al ver que tenían tanta tarea decidió ayudar también, ya que así terminarían antes y podrían jugar. Esto de la Navidad le parecía muy cansado.

Al día siguiente sus padres estaban de mal humor. Porque venía no sé qué tío que les caía mal. Eso ya si que no tenía ni pies ni cabeza, porque si te entra hambre no lo puedes evitar, pero invitar a gente que no te cae bien a tu casa, era más que evitable. Ella nunca invitaba a los que le caían mal, sólo a sus amigos. “A lo mejor es que la Navidad tiene un efecto en los mayores que los deja tontos y no piensan las cosas” pensó intentando buscar una explicación a todo ese sinsentido.

Por supuesto ese día nada de salir, porque estuvieron todo el día limpiando, cocinando, y vistiéndose como en los días de fiesta. Aunque Nerea no veía motivo de celebración ninguno en tener que trabajar tanto y encima tener a gente que no son tus amigos en casa. Pero lo que terminó por desconcertarla es que cuando vinieron todos, incluidos ese tío, sus padres estuvieron la mar de sonrientes. Era como si no se acordaran de todo lo que habían tenido que trabajar y comprar.

Ante todo ese escenario, Nerea no podía estar más alucinada así que decidió hacer un buen reporte en el ejercicio que le mandó la profesora.

La Navidad es una enfermedad que hace que los mayores tengan mucha hambre, por lo que tienen que cocinar todo el día y se gastan mucho dinero. Así que no te deja ni un rato de tiempo libre para jugar, ya que todo se reduce en comprar, cocinar y limpiar. Y lo peor de todo, la enfermedad afecta al cerebro haciéndote creer que tienes que hacer cosas aunque no quieras, como es invitar a alguien que no te gusta a tu casa. Me gustan más los días normales, con comida normal que no hace que mis padres tengan manchas oscuras debajo de los ojos y les deja un montón de tiempo para jugar conmigo, aunque en esos días no tenga regalos. Porque si no tengo tiempo para disfrutarlos, ¿para qué los quiero? Además mi padre me dijo que tiene que subir una cuesta en Enero sin ser alpinista ni nada por culpa de gastarse tanto dinero. Realmente no merece la pena. Ojalá encuentren cura para la Navidad antes de que sea demasiado tarde.

 

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