Sor Juana Inés de la Cruz

Filósofa, ensayista, pensadora, escritora….y monja. Su verdadero nombre es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, pero luego se la conocería por un nombre mucho más fácil de recordar, Juana Inés de la Cruz. Con la fecha de nacimiento los historiadores no se ponen de acuerdo, pero creo que es lo menos importante. Parece que la fecha más “fiable” es el 12 de noviembre de 1648 y falleció a causa de la peste el 17 de abril de 1695. Nació en lo que llamaban “Nueva España”, hoy conocida como Sudamérica, más concretamente en San Miguel Nepantl.

Con la descripción que he dado al principio de ella ya es absoluta merecedora de ocupar un espacio en el blog, pero es que además fue una defensora de que la mujer también tenía derecho al conocimiento. Algunos, los más envidiosos a mi parecer, dicen que fue su puro egoísmo y no el feminismo lo que le llevaba a defender esto. En fin, que según ellos a Juana Inés le daba igual que las mujeres estudiaran o no, sino lo que quería es defender su derecho propio. Aunque así fuera, me parece totalmente admirable que una mujer en el 1600 defendiera su derecho al conocimiento, pero es que aún conservamos poemas que ella escribió y entre ellos está este:

Hombres necios que acusáis 
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

Así que creo que queda claro que Juana Inés hacía más que defenderse a sí misma.

Hechas las presentaciones, sigamos con la historia de esta buena mujer. Sus padres no llegaron a casarse y tampoco se tiene mucha información de ellos más allá de sus nombres Pedro de Asuaje y Vargas-Machuca e Isabel Ramírez de Cantillana. Lo que sí se sabe es que su abuelo poseía tierras y una Hacienda en Panoaya.

Siempre tuvo mucho interés en aprender, de hecho aprendió náhuatl (macrolengua yuto-nahua que se habla en México) con los esclavos de la hacienda de su abuelo, aprendió a leer y escribir gracias a las lecciones de su hermana mayor a escondidas de su madre, y pronto inició su gusto por la lectura y gracias a la biblioteca que tenía su abuelo amplió muchísimo su conocimiento.

Juana Inés de la Cruz antes de convertirse a monja

Este deseo de aprender no disminuyó con el tiempo, tanto fue así que le pidió a su madre ir a la Universidad disfrazada de hombre. Pero su madre se negó y la mandó a México para que ingresara en la corte. Como ella misma dijo en una carta más tarde “como no me dejaron vestirme de hombre, me vestí de monja”. Y es que aún habiendo nacido en una familia acomodada y después ingresado en la corte gracias a su intelecto, para las mujeres sólo había dos opciones: o casarse o ser monja. Y el confesor de los virreyes, el padre Nuñez de Miranda, al observar que Juana no tenía ninguna intención de casarse, le dijo que se metiera en una orden religiosa.

Aunque conocía que tenía el estado cosas […] muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación.

Primero lo intentó en las Carmelitas, pero era demasiado estricta, así que hizo un segundo intento en otra orden con una disciplina más relajada, la Orden de San Jerónimo. Pero aún así, tuvo que recurrir a los contactos que hizo en su época con la corte, el virrey y, sobretodo, la virreina (su principal mecenas) para que la dejaran escribir y leer a sus anchas.

Algunos dicen que entre la virreina Leonor de Carreto y Juana Inés había algo más que una relación de protección, y algunos poemas de amor así lo demuestran. ¿Era homosexual? Podría ser, pero pese a esos versos, su objetivo seguía siendo el mismo: el conocimiento.

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Se dice que cada vez que estudiaba una lección y no se la aprendía bien se cortaba un mechón de pelo, ya que no le parecía bien que su cabeza estuviera cubierta de hermosuras si carecía de ideas.

Esta protección por parte de los virreyes se acabará en 1674 cuando quedan relevados de su cargo, y tienen que irse de allí. En ese viaje fallecerá la virreina y Juana le dedica unos cuantos sonetos.

Poco después a Juana se le encarga la confección del arco triunfal como bienvenida a los nuevos virreyes a la capital. Este hecho hizo que se ganara el afecto de los nuevos virreyes y en especial de nuevo, el de la virreina Maria Luisa Merique de Lara y Gonzaga, quien más tarde llevaría los escritos de Juana a España para que los imprimieran.

Esta época de gobierno del Marqués de la Laguna (1680-1686) coincide con la época dorada de Juana donde escribió teatro, versos sacros y profanos, fue administradora del convento e incluso hacía experimentos científicos.

Entre 1690 y 1691 se ve envuelta en una disputa. Y es que escribió una crítica de forma privada en contra de las ideas que tenía el teólogo más reconocido de la época Antonio Vieira, pero el obispo de Puebla Manuel Fernández de la Cruz publicó dicha crítica con un prólogo escrito por él diciendo en esencia que si tanto le interesaban los temas mundanos, por qué no ahondaba un poco más y se interesaba por el más profundo de los infiernos. Aunque no fue tan valiente de dar la cara y lo hizo bajo el seudónimo de Filotea. Juana no se quedó callada, naturalmente, y envió una larga respuesta de la cual, gracias a ésta, tenemos mucha información sobre su vida y sus creencias.

Pero después de esto empezó su declive, y es que muertos todos sus protectores, con las revueltas que empezaban a haber en su tierra y las epidemias masacrando fuertemente a los novohispanos, Juana no tuvo más remedio que dedicarse a la vida eclesiástica. No sabemos si por imposición o por voluntad, vendió todos sus libros de la biblioteca para con ese dinero ayudar a los pobres, y tuvo que deshacerse de todos sus instrumentos musicales y científicos. El final de Juana fue irremediable, y es que como era de las que cuidaban a las monjas enfermas de peste, no tardó en contagiarse y morir.

Lo último que se conserva escrito por Sor Juana Inés de la Cruz es una firma en el libro del convento que dice “yo, la peor del mundo”.

Esto es un ejemplo de mujer de cómo supo “buscarse las castañas” aún en un mundo anticuado donde el papel de la mujer era nulo. Supo buscar el recoveco del que hizo su mundo, y gracias a él y a la gente que la rodeaba, se convirtió en la Juana que conocemos ahora. Nació en una familia acomodada, sí, ¿pero cuántas habrán nacido en familias acomodadas y no han aprovechado ese hecho? Y en esa época que una mujer escribiera y pensara era inimaginable, y ella supo hacerlo realidad. Así que la moraleja que saco con la historia de esta mujer es, no esperes que sea el momento perfecto, haz de tu vida lo que quieras que sea, aunque las condiciones no ayuden.

Sor Juana Inés de la Cruz
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